Siempre estás (Confesiones, Parte 1)

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Hacía un buen tiempo ya que habían comenzado su amistad virtual.
A pesar de que ambos eran aficionados a los relatos eróticos y que, cada uno por separado, intentaban reafirmar su faceta de “escritores”, sus conversaciones jamás fueron subidas de tono.
Desde un inicio congeniaron ya que tenían muchos temas en común y afinidades en cuanto a literatura en general, cine, música y hasta en el aspecto laboral. Él mucho más maduro y conocedor del mundo que ella, siempre aportaba algo nuevo a las charlas virtuales.
Claro virtuales porque jamás se dieron ni siquiera sus números telefónicos ni menos se citaron en Skype. Ambos mantenían salvaguardados sus espacios “reales”. Cada cierto tiempo se reunían frente a sus computadores y se dedicaban largo rato a conversar y a contarse lo que habían vivido durante los más largos períodos de ausencia de ella en la red. Pero cada vez era mejor, cada palabra, ya sea halago o comentarios respectivos eran un trozo de leña que avivaba el fuego de una incipiente amistad.
Lo que él no sabía era cada noche se acordaba de él, sobre todo cuando leía los relatos que él le dedicaba. Él sabía cómo encender su imaginación tan voraz. Sus historias llenas de detalles de las características físicas de los personajes y de los entornos o de los factores psicológicos hacían que ella devorara las letras y la dejaran con ganas de que pronto llegara el próximo relato. Claro, ella tampoco confesaba que cada vez que leías sus relatos lo hacía de preferencia durante las noches, arropada bajo sus sábanas y que gracias a estos lograba entrara en calor para aplacar el intenso frío que azotaba Santiago durante la época invernal. Lograba entrar en calor porque además de leer ella iba tocándose e imaginando que era él quien le proporcionaba el placer de manera directa, lograba humedecerse por completo y quedaba con ganas de más.
Los días de invierno eran una monotonía eterna, y ella buscaba la forma de encontrar un computador en la universidad para revisar mi email, siempre encontrando un relato nuevo por parte de él, o un comentario de música, cine o simplemente de que la esperara para poder conversar. Hasta que un día ella se atrevió a contarle por chat, que había hecho algo un tanto raro al leer sus relatos. Todo comenzó en una tarde invernal de día viernes, el frío era seco, sintiéndolo en todo su cuerpo, estaba en la universidad revisando su correo y encuentra unos relatos enviados por él, produciendo una sensación de alivio y de ardor por la curiosidad. Ella los imprimió para ir leyéndolos en el largo trayecto de regreso a su casa durante la noche. Ella sabía que leerlos la excitaría una vez más, sin embargo, pensó cuán caliente estaría esa noche y que al leerlos en la privacidad de su habitación lograría satisfacer sus deseos carnales reprimidos por la reciente falta de sexo. Durante el trayecto a casa iba casi sola en la micro. Comenzó a leer y a medida que leía el relato su cuerpo, inevitablemente, recibió los estímulos que le brindaban los pasajes del relato creado para ella. Sintiéndose protagonista de la historia no podía dejar de transformar las frases en imágenes en su cerebro, tan claras como en una película. Cuando el relato subió de intensidad y detalla los pormenores de una relación sexual entre los dos protagonistas, ella no aguantó más y valiéndose de su abrigo como escudo, introduce una mano bajo este y desabrochó su pantalón, comienza a bajar el cierre y logra introducir su mano hasta su vagina. Comprueba que su calzón está empapado y su clítoris ruega por recibir una caricia, aunque sea propia. Ella mira con precaución hacia los lados, con el corazón acelerado por la excitación que siente y por la osadía que demuestra al realizar este acto tan íntimo a la vista de cualquiera, exponiéndose a pasar la vergüenza de su vida. Sin embargo, casi no hay pasajeros y eso la anima y aumenta su excitación. No puede parar de leer y mientras con su mano derecha afirma el documento, con su mano izquierda- si bien no es su mano más hábil- logra comenzar a rozar su clítoris suavemente, mientras imagina que es la lengua de él la que lo roza. A penas puede emitir gemidos que se pierden en su garganta, los ahoga y se siente ahogada ella también. Su respiración acelerada marca el ritmo de sus dedos y no puede parar de leer, quiere sentir más placer. Esto la hace sentir cada vez más caliente y hasta un poco sucia por no controlar su deseo y esperar como toda señorita a masturbarse en un lugar íntimo. Pero el deseo vence su temor y con un salto de la micro, involuntariamente, uno de sus dedos se introdujo fuertemente en su vagina. ¡Aaaaaaaaaaay, qué placer siento! – Pensaba. Abrió más sus piernas e introdujo otro dedo, moviéndolos suavemente al principio y bruscamente después, en busca de ese orgasmo que ya se sentía venir. De pronto creyó que el conductor la miraba desde el espejo retrovisor y que veía su cara de calentona, así que sacó su mano y se detuvo. Pero sólo había sido su imaginación, el chofer seguía conduciendo tranquilamente. Eso permitió que notara que toda su mano estaba llena de sus fluidos y no pudo reprimirse de meter los dedos a su boca y chuparlos para sentir su propio sabor. Era un sabor agridulce mezclado con un sutil olor a sexo que aumentó más su deseo.
Volvió a meter sus dedos con brusquedad sin parar de leer ya que a esas alturas el relato estaba en su más alta intensidad al igual que su grado de excitación. Metió los dedos lo más adentro que pudo y comenzó a moverlos en círculos dentro de su vagina y con su dedo pulgar estimulaba su hinchado clítoris. Metió hasta tres dedos lo más al fondo que le permitía su mano y siguió moviéndolos sin parar una y otra vez, una y otra vez. ¡Qué caliente estaba! Se pegaba con la mano en su conchita y se tiraba el escaso vello púbico que ya estaba creciendo y ese dolor le hacía llegar, en ese momento, al punto máximo de placer, no se detuvo y metió los dedos incluyendo los nudillos lo más dentro posible y tocó tan profundo que una corriente recorrió su cuerpo entero y una oleada de placer la invadió al llegar al orgasmo y notó que hasta un poco de orina no pudo retener cuando las últimas vibraciones de su clítoris le hicieron temblar en su asiento y emitió un débil quejido que la dejó con una sonrisa de felicidad y placer… Se sintió revivir, se sintió satisfecha pero sabía que era por poco tiempo.
Retiró su mano del interior de su pantalón y la limpió en su abrigo. Ya estaba próxima su parada, bajó de su asiento y tocó el timbre. El chofer le pidió que se aproximara un poco, ella se acercó y él le entregó un papel con su número telefónico anotado en él y le dijo: “M’ijita, llámeme, no se va a arrepentir”. Ella descendió rápidamente del bus con sus mejillas enrojecidas por el calor de la excitación y la vergüenza de lo que le dijo el conductor
Continúa…

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Anybody want to send me a picture of the second cutest cat in the world for tomorrow? Faraday; Kitty’s at the Event Horizon, just as we all are, preparing, as Sufferin pointed out, to leap into the unknown.